La sexuación de la autocensura

Dona de Lot, de Joana Cera (2014). Pedra de sal. Fotografia de Mar Arza.

Dona de Lot, de Joana Cera (2014). Pedra de sal. Fotografia de Mar Arza.

¿Se puede sexuar la censura? ¿Se puede sexuar la autocensura? ¿Qué quiere decir sexuar? Algunas (Luce Irigaray, Lia Cigarini, Luisa Muraro, yo misma junto con otras)1 llamamos sexuar al reconocimiento en signos escritos, hablados, pintados, cantados, grabados, soñados… de la experiencia humana universal de ser y habitar un cuerpo de mujer o un cuerpo de hombre. La universalidad de la sexuación humana la confirman la transexualidad, el travestismo, la pasión queer o la condición hermafrodita, ya que son tránsitos entre Hermes y Afrodita o viceversa, es decir, desde, entre y a uno de los dos sexos que constituyen la criatura humana.

Pero del universal que es la sexuación humana, la cultura occidental moderna y postmoderna no da cuenta. En sus libros, la diferencia sexual es una experiencia muda, insignificante o no significante. Son libros protagonizados por un neutro pretendidamente universal que se expresa en masculino porque la lengua no se ha dejado inventar un cuarto género gramatical, siendo el tercero el verdadero neutro, el de las cosas u objetos.

En la cultura occidental moderna y postmoderna la diferencia sexual se ha quedado desamparada, desnuda de símbolos, rompiéndose así el vínculo vivido entre experiencia y lengua. Porque sunballein significa “lanzar con”, lanzar signos con su experiencia, con carne; signos, pues, vinculados, dependientes. El vínculo, omitido, se ha refugiado en el síntoma (de la histeria a la fibromialgia y otras fatigas crónicas), en la mística y en el feminismo precisamente llamado “de la diferencia”.

En este sentido de experiencia no dicha es sexuada la censura y es sexuada la autocensura. La experimenta el hombre, la experimenta la mujer, cada sexo a su manera, sin que se trate de experiencias contrarias o reducibles la una a la otra. ¿Hay entonces dos artes, dos historias, dos lenguas? No: el arte es uno, la historia es una, la lengua es una, pero son dos quienes las viven, las experimentan, las expresan. Es decir: es sexuado quien habla, quien crea, quien piensa, mata, escribe, roba, ama, lee, disfruta, padece, juega…

¿Da miedo, por determinista? No. Hace ya tiempo (en 1987) que escribieron las que forman la Librería de mujeres de Milán, sin que haya sido posible refutarlo desde entonces —aunque sí no entenderlo—, que el ser mujer se elige, sabiendo que no es objeto de elección.2. El sentido de esta paradoja se capta enseguida al aplicarla a la libertad. Habitualmente creemos que la libertad es una y, sin embargo, es dos: está la libertad individualista, la del sujeto moderno que, con sus derechos, actúa en la sociedad y se defiende de la sociedad, y está la libertad femenina, experimentada como libertad relacional, libertad “con”, con otra —sin excluir ni incluir al otro— que te da «vínculo, intercambio y medida».3. Carla Lonzi, la gran crítica de arte del siglo XX, fundadora de Rivolta femminile en Milán y en Roma en 1970, escribió en un largo y precioso diálogo con su marido, el artista Pietro Consagra: «Tú, para hacer arte no solo tienes que poner las relaciones humanas en segundo plano, sino que las tienes que descartar en el momento en el que te ponen ante verdades que contrastan con el clima que necesitas para producir tus cosas. No es que des prioridad a eso pero quede también sitio para lo otro: para esto ya no queda sitio. Una relación desvela verdades, no solo lleva a conocerse a sí mismo, sino también al otro, da una visión de las dos partes: tú necesitas la visión de una sola parte. Precisamente la relación es el ingrediente nocivo para tu producto.»

Por eso coincidimos muchas y muchos en decir, por ejemplo, que una mujer con poder (no todas) gobierna igual que un hombre, sin que notemos la diferencia. No notamos la diferencia precisamente porque ella, al gobernar, y quizás también al vivir, ha elegido un simbólico masculino.

Que la censura sea más propia de la historia de los hombres es algo que no necesita de grandes demostraciones. Basta contemplar el derecho, gran construcción de lo simbólico masculino, o las grandes religiones monoteístas, que están fundadas en la censura de la madre y de la diosa madre, aunque ella asome habitualmente por algún sitio, por ejemplo en la Trinidad cristiana, censura de las Tres Madres de las religiones mediterráneas prepatriarcales.4 ¿Y la autocensura? Aunque exista, sí, sin duda, no es inherente a la historia de las mujeres sino desliz de la mujer en lo masculino. Que no es inherente a la historia de las mujeres lo muestran la caza de brujas, por ejemplo, que persiguió y mató a innumerables mujeres libres porque no se autocensuraron, o la obra de grandes artistas, desde el autorretrato de En el Beato de Girona (h. 975) o las anónimas esculturas de Vírgenes románicas y góticas, madres de Dios con su esfera infinita/lirio/flor en la mano, hasta la Judit decapitando a Holofernes (1612-1613) de Artemisia Gentileschi, o Un mundo (1929) de Ángeles Santos Torroella, o la instalación Heloïse Perfundet Omnia Luce (2009) de Elena del Rivero, o la Santa Generació (2012) de Cori Mercadé, el Llibre de revelacions (2013) de Mar Arza o Mujer de Lot (2014) de Joana Cera. No se autocensura quien ve lo invisible y lo expresa.

Como las brujas, las grandes artistas —grandes en grandeza femenina, es decir, relativa a las relaciones, como en la teoría de la relatividad de Albert Einstein y Mileva Maric— son grandes porque no se autocensuran sino que rodean, esquivan y sonríen con la risa de las entrañas. Rodean y esquivan precisamente la censura y la autocensura, que ante una creadora se presentan, la una, como prohibición más o menos explícita de hacer simbólico, es decir, de lanzar al aire, al espíritu común, signos con su carne, con su experiencia humana femenina, y, la otra, como tentación de corear y difundir lo masculino vigente a cambio de identidad, dinero o fama.

Y quien mira su obra lo experimenta y percibe, si la experiencia estética se da mientras mira o después, como una revolución simbólica instantánea e imparable. La palabra “estética” indica precisamente la experiencia de la percepción, no solo de la mirada sino de la mirada incorporada, captada por la carne, derivando como deriva la palabra “estética” de aiszaneszai, “percibir”. Las etimologías recuerdan el origen femenino prepatriarcal de las palabras, origen que es la madre, depositaria de la lengua materna.

Y ¿por qué sonríen? Sonríen porque a una mujer, el crear en correspondencia con su ser mujer la conecta con sus entrañas, con su intellectus amoris o entendimiento del amor, y esta conexión forma parte de la sexualidad femenina, de la risa de las entrañas. Da un placer y una paz que relajan la campanilla del cuello, placer y paz no obtenidas con lucha, emulando al tigre, sino con percepción pasiva que suelta voz, conocimiento de lo otro, autoconocimiento, soplo. Al modo de la perfecta risa histérica. ¿Le gusta al hombre que la mujer se ría durante el coito?

Y sonríe o puede sonreír con la risa de las entrañas también quien contempla la obra, si no se autocensura, es decir, si deja llegar a su vientre el don que la creación necesariamente ofrece.


Notes:

  1. 1. Luce Irigaray, Ética de la diferencia sexual (1984), trad. de Agnès González Dalmau y Ángela Lorena Fuster Peiró, Castellón, Ellago, 2010; Lia Cigarini, La política del deseo. La diferencia femenina se hace historia, trad. de María-Milagros Rivera Garretas, Barcelona, Icaria, 1996; Luisa Muraro, La indecible suerte de nacer mujer, trad. de María-Milagros Rivera Garretas, Madrid, Narcea, 2013. 

  2. 2.«En otras palabras, una mujer es libre cuando significar su pertenencia al sexo femenino es una opción que toma a sabiendas de que no es objeto de elección». Librería de mujeres de Milán, No creas tener derechos. La generación de la libertad femenina en las ideas y vivencias de un grupo de mujeres, trad. de M. Cinta Montagut Sancho con Anna Bofill, Madrid, Horas y horas, 1991 y 2004; p. 181. 

  3. 3. Lia Cigarini, «Libertad femenina y norma», en DUODA. Revista de Estudis Feministes, 8 (1995),p. 85-107; Luisa Cavaliere, Lia Cigarini, C’è una bella differenza. Un dialogo. Milán, et al. / edizioni, 2013. (Hay una buena diferencia. Un diálogo, trad. de María-Milagros Rivera Garretas, en vías de publicación en la Biblioteca Virtual de investigación Duoda www.ub.edu/duoda/bvid/). 

  4. 4. Sobre las Tres Madres, véase Esther Borrell, Les tres mares. Les arrels prepatriarcals dels pobles catalans, Lleida, Pagès, 2006.