De arrepentimientos y otras (dis)culpas

Para sobrevivir, hija mía, es necesario reajustar sin cesar los movimientos de nuestro cuerpo […] Es importante saber en qué momento correr o trepar, ceder o combatir, reflexionar o dormir. — Yong Chen, ‘La ingratitud’

Corinne Enaudeau escribía en el estudio de 1999 La paradoja de la representación [pdf] lo siguiente: “La representación no es un cuadro mental, interior e incomunicable, ni la percepción inmediata de un objeto interior, sino el esfuerzo por acoger la polisemia de lo percibido, el desplazamiento que permite modificar su aspecto.” Quisiera subrayar dos palabras importantes de esta cita: polisemia y desplazamiento. La primera de ellas es un término propio de la lingüística que no pretendo desglosar en estas páginas, pero sí apuntar que la obra de Enaudeau se centra en la representación y, sin embargo, de la cita propuesta se extrae algo más propio del lenguaje que de las “artes” que dan muestras de representaciones. La segunda de las palabras indica movimiento, traslado; cambio de posiciones en definitiva. La palabra representación aplicada de un modo coloquial se utiliza para todo aquello que intenta ser o es leído como una copia/sustitución de un supuesto original primigenio. Sin embargo, y sin ponerme platónica, quisiera reflexionar sobre qué sucede con ese original cuando esa copia-representación funciona; es decir, ¿qué sucede con el modelo que la copia toma y al cual se suele entender que suplanta? O ¿qué sucede con la copia de un presunto modelo cuando éste acaba por introducir (o trasladarse a) nuevos discursos como el caso de Narciso o San Sebastián? ¿Qué sucede con un cuerpo, por ejemplo, fotografiado? ¿Qué sucede si además ese cuerpo fotografiado corresponde al de la propia fotógrafa como es el caso de Francesca Woodman o Claude Cahun? ¿Qué sucede con un cuerpo, digamos, reinventado onlinemente?

Los cuerpos como discurso o los cuerpos discursivos son mi eje en estas líneas; su vértice, la otra línea –que no es tan otra‑ sobre la que quiero pivotar es la del discurso como cuerpo, la del discurso corporal. Y para ello quiero utilizar tres ámbitos de representación: la pintura, la fotografía y la televisión.

 

Pintura: el lienzo como ángulo muerto desde el que mirar

La iconografía principalmente pictórica aunque también escultórica de Narciso o de san Sebastián es un fenómeno que me permite tratar la representación como algo mutable también en su contenido. Si Narciso ha sido ejemplo de lo ególatra y lo vanidoso también es verdad que en sus representaciones esta carga negativa ha llevado a modificar el cuerpo del personaje para reflejarla. Algo parecido sucede con san Sebastián, muerto a latigazos y maniatado, donde se ha pasado de una iconografía que explica la historia/pasaje del personaje a la de una representación homoerótica donde se pierde (y ni importa en algunas ocasiones) el contenido narrativo que le dio lugar. Lo que me interesa destacar aquí es que en ambos casos la forma de marcar esa (aparente) carga negativa que debe aleccionar e instruir pasa por feminizar al personaje; es decir, bajo la lectura del mensaje que encierra la narrativa se sucede una iconografía que pretende verificar con otros lenguajes esa misma enseñanza (a pesar de que en Narciso la carga venía de la narración y en el caso de san Sebastián la narración ha dado lugar a una lectura particular venida de lo pictórico porque en sus principios san Sebastián se entendía como ejemplo de cristiano fiel y mártir y ha acabado con el sobrenombre de “santo gay”). Es por eso que a lo largo de la historia los narcisos y los san sebastianes han ido siendo cada vez menos hombres, más jóvenes, incluso pre-púberes, han ido infantilizando sus rasgos hasta convertirse en algo más cercano a lo virginal y a lo femenino que a lo explícitamente homosexual, apartándose cada vez más de una representación cercana a la historia para centrarse en una representación que atiende al mensaje. Pero en ese movimiento lo que se despliega es una androginia que ofrece ese subtexto venido de la lectura taimada que sin decirse se sabe y se reafirma; la clave está en esa dicotomía donde lo positivo recae del lado de todo lo referente al hombre y a lo masculino mientras que lo negativo queda del lado de la mujer y de lo femenino.

 

La fotografía como espejo que abre el fuego cruzado

Algo parecido a lo comentado en pintura sucede en fotografía pero en sentido inverso. Tomando como ejemplos las obras de Claude Cahun o de Francesca Woodman la idea del autorretrato ya marca una diferencia. Si en los casos pictóricos mencionados la representación acaba estando cargada de un discurso subversivo creado desde el otro, en el caso de estas dos autoras lo que se observa es que lo subversivo se ha conseguido incorporar (léase justificar/disculpar) a eso llamado Cultura y después de años se han visto convertidas en referentes de este campo. Mientras Cahun contaba con su compañera Marcel Moore para poner un cuerpo en escena a través de un trabajo artístico donde lo performativo y explícitamente subversivo incomodaba en la época y se explicaba desde el histrionismo de la(s) autora(s); el caso de Woodman todavía hoy se explica en muchas ocasiones como la representación de una mente perturbada. En resumen, la incomodidad que generan los cuerpos representados en las obras fotográficas de ambas artistas se acaba justificando por la personalidad que se presupone (que no subyace) en las autoras mismas. ¿El motivo? El género del autorretrato y la confusión que produce para otorgar los pronombres yo/tu/ella. Lo que parece que no cabe en esto de los géneros es hablar del género bobo que podríamos patentar cuando alguien pretende una lectura psicológica de una obra como método para justificar el impacto y el acierto de una representación que no quiere dejar indiferente. Claude Cahun masculinizada es como un san Sebastián feminizado, sin embargo es la osadía y lo entendido como insolente de un cuerpo femenino que sale de sus límites y ocupa parcelas impropias lo que incomoda porque mientras que aquí lo que se entiende que hay es una invasión en los otros casos presentados lo que hay es una resta: es menos hombre pero sigue estando dentro del grupo hegemónico por lo que podemos mirar hacia otro lado y no decir abiertamente que san Sebastián, ahora, hoy, es gay.

 

Televisión: la monitorización del nuevo ojo

Por último es preciso no perder de vista el tercer brazo de la ley en esto de las representaciones: la televisión y más concretamente las series. Pongamos por caso la serie Black Mirror (Charlie Brooker, 2012) que nos muestra un mundo donde lo virtual rompe las fronteras no sólo de lo que se entiende como ético sino también de lo que se pensaba como imposible. El espectador se ve enfrentado y afrentado a seis situaciones donde lo inquietante, lo que perturba y de nuevo subvierte, no es el pensar la obra dentro de (de nuevo) un género como el de la ciencia ficción, sino como una serie donde la ficción no es ciencia sino algo altamente posible. Ciberterrorismo, duelos y consuelos postergados, grandes hermanos 3G o Sísifos de reality show rompen de nuevo la casuística ética y el problema deviene cuando esa ruptura, aunque futura, se siente latir justo detrás, pegadita a nuestra propia sombra o como declaró su autor: “a la forma en que podríamos estar viviendo en diez minutos si somos torpes “.

 

Por alusiones…

Los cuerpos, por tanto, en los métodos de representación no sólo constituyen un objeto representacional en un sentido figurativo, sino encrucijadas discursivas que propician lecturas en muchas ocasiones nada inocentes (si es que existen lecturas inocentes de las cosas). La manera de atender esos cuerpos, de leerlos (porque en los cuerpos no nos fijamos, en los cuerpos leemos y el cambio de verbo es fundamental) permite detectar esos pentimenti por usar un término pictórico, que interpretación tras interpretación han ido modificando y por tanto transformando su poder textual.